miércoles, 3 de diciembre de 2008


Se sintió culpable. A pesar de sus escarceos amorosos él amaba a Clara.
Nunca pensó que pudiera ser desgraciada, que quisiera dejarle. Estaba deseando llegar a casa para hablar con ella, para pedirle una explicación ¿qué podía haberle pasado? y ¿por qué no había podido esperar a decírselo en otro momento? Con lo que ahora tenía en la cabeza. No podía pensar con claridad. Estaba furioso y ni siquiera el “masaje completo” de Flora le había relajado.

Se dirigió al portal y cuando abrió la puerta una desolación le inundó el alma. La casa estaba vacía. Literalmente vacía. Las pisadas de Andrés retumbaban y su voz llamando a Clara chocaba contra aquellas paredes vacías. Habían desaparecido todas las cosas, sus muebles, sus discos, sus libros, no quedaba nada. Corrió desesperado a su despacho y allí encontró más de lo mismo.

—Será hija de puta—gritó en el silencio de la noche.

En el centro del salón, le llamó la atención un sobre blanco en el suelo. Lo abrió y una escueta nota decía: No me busques, ya se pondrán en contacto contigo mis abogados.

Dando un portazo salió de la casa que fue su hogar y se metió en el primer bar que encontró.

Paqui

martes, 2 de diciembre de 2008


Estuvo a punto de mandarle a dar por culo, pero apretó los dientes y se calló. Sabía que sin su dinero la película nunca se llevaría a cabo, por eso aceptó la contratación de Maderas sin rechistar.
Cuando Martin salió del despacho, Andrés sacó su agenda y llamó por teléfono a Flora. Necesitaba un masaje inmediatamente. Su cuerpo, sus palabras y hasta sus pensamientos reflejaban una gran crispación.
Aquellos dedos de mujer frotaban su cuerpo con fiereza. Ahora la espalda, luego las piernas, después el pecho, las nalgas… Andrés notó una sacudida y una tremenda agitación. Cambió de posición y sin mirar a Flora, sus manos revolvieron aquella intimidad de mujer que tanto le gustaba. Ella le devolvió los besos como hacía siempre, y echados sobre la alfombra del despacho hicieron el amor hasta quedarse extenuados.
Después de entregarle doscientos euros por el servicio, se repanchingó en sofá y se acordó de la primera vez que vio a Clara. Fue en el interior del Café Gijón. Él pidió un whisky mientras esperaba a una conocida actriz de cine, y ella le sirvió. Cuando sus ojos se encontraron con los suyos un puente tejido con hilo de estrellas, como en las películas de Walt Disney, se tendió, y sus vidas a partir de ese momento caminaron en la misma dirección.
Mariángeles

Este lo saludó con entusiasmo. Andrés apenas si respondió al saludo.Se había paralizado en medio de un caos de pensamientos que nolograba ordenar. Cuál era el siguiente paso. Le habían robado lacartera, con las tarjetas de crédito, un par de cheques de los cualesuno era al portador, el móvil, la copia del guión… Y el productorhablándole de que había conseguido contratar al actor Adolfo Maderaspara interpretar el papel secundario, porque el pensaba que más quesecundario era un segundo principal.El humo del puro que el productor fumaba placenteramentefrente a él, se le vino a la cara como una agresión. ¡Clara quería eldivorcio! No podía ser cierto, era absurdo y estúpido. ¿Qué iba a serClara sin él? Una mujer que apenas tenía recurso para ir por la vida.Y el imbécil del productor mirándole con cara de prepotente,satisfecho por haber conseguido contratar al Maderas.—Te dije que lo conseguiría —exclamó el productor.—¿A quién?—¿A quien va a ser?, pues al Maderas. Me lo he ganado a pulso, nocreas. Al final por menos de lo que pensaba darle.—Ese tío es un mierda, un chulo que se cree actor…—Cálmate muchacho… Ya veo que no te encuentras bien. Desde que hecruzado esa puerta me he dicho: este tío está pálido como un muerto—Te dije que no lo quería en esta película. ¿Por qué tanto empeño encontratarle? —gritó.—Yo soy aquí quien pone el dinero, así que ese pequeño detalle me daderecho a elegir.—¿Qué pasa, qué como tú le das a todo esperas tirártelo?
Manuela